viernes, 15 de octubre de 2010

Los romances de "El Pernales"Hay muchos romances, y de cada uno varias versiones, sobre "El pernales", a continuación veamos unas muestras que son fragmentos de algunos de ellos.
Montado en su caballo iba el Pernales un día. Se encontró con un barbero, que de un cortijo venía. Como sabía que andabapor aquel campoel llamado Pernalescon otros cuatro, al ver aquel que veníaa caballo y con un rifle, pensó que le robaría. Ocho duros llevaba, los que sacóel pobre raspa barba, y al bandolero se lo entregó. Entonces dice el Pernales: -Quédese ese dinero, que yo no soy un ladrónpara robar a barberos, que sólo robo al que tienepesetas y es usurero.
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El treinta y uno de agostoserá un día memorable, tuvo lugar en la sierraun curioso desenlace. En los campos de Alcaraz, que es provincia de Albacete.
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Será un día desgraciadoy de mala suertepara el pobre Pernales, porque aquel díase halló la muerte.
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Era un campesinoque cortando leñase hallaba aquel díacerca de la sierra. Se le acercan dos jinetespreguntándole enseguidapor el camino más cercaque a la sierra conducía. El leñador muy amableal camino les guió, dándole un cigarro puroy cinco pesetaspor el favor, diciéndole: -Soy Pernales, y hasta otro día, quede con Dios. Y de corazón infame, y de muy mala intención, marchó el leñador al puebloy al Pernales delató, diciéndole iba con otroque su nombre no le dio.
Al momento tres parejasque había en el puesto, al mando de un teniente, los siete guardiasmarchan corriendo. Se internaron en la sierracon valentía, sin mirar que su vidapeligro corría. Y al poquito ratode haber caminadoven a dos jinetescerca, descansando. Al punto creíala guardia civilque eran cazadoreslos que había allí.
Cuando ven a la pareja, aquellos dos bandolerosecharon manos a los riflesy empezaron a hacer fuego. Al punto un guardia civil cayó gravemente herido, y al verle, los compañeros, que eran valientes y decididos, hicieron una descargay dieron muertea los dos bandidos.
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En la provincia Albacete, en la Sierra de Alcaraz mataron al Pernales, también al Niño del Arahal...

miércoles, 6 de octubre de 2010

El Pernales

Nació el 23 de julio de 1879 en Estepa (Sevilla), y su nombre era Francisco de Paula José Ríos González. Como la mayoría de los campesinos andaluces, el Pernales no recibió instrucción alguna. De niño fue pastor, y después trabajó en lo que podía. Como los ingresos eran muy escasos, cometió algunos robos y en un encuentro con la Guardia Civil, el padre recibió un culatazo, que poco después le causaría la muerte. Entonces deja el trabajo y se dedica al delito cometiendo pequeños robos. Su primer apodo fue el de "Pedernales" haciendo alusión a la dureza de sus sentimientos. De este apodo surgió el de "Pernales" por comodidad de pronunciación.
Se "hecha al campo" y comienzan a asaltar cortijos exigiendo dinero a los poderosos, en compañía do otros de su calaña, erigiéndose en jefe. Si el dinero conseguido les parece insuficiente, torturan a los hombres y violan a sus mujeres sin piedad. Actuaban al principio por las poblaciones del río Genil. Entonces, entre aquellos campesinos tan necesitados, repartían un poco de dinero y ante la perspectiva de ayuda o de venganza, aquellas pobres gentes les daban cobijo y los ocultaban, incluso les informaban de los lugares por donde solía patrullar la guardia civil. Esta forma de protegerse le dio la fama de querobaba a los ricos para repartirlo entre los pobres, cosa del todo incierta. Ante la persecución que se organizó por sus numerosas fechorías, cambio su zona de actuación a la provincia de Málaga. La fama del Pernales se extiende por toda España pues sus delitos son constantes, y las autoridades toman cartas en el asunto enviando gran cantidad de fuerzas para intentar atraparlo, por lo que comienza una vida itinerante, apareciendo en cualquier parte de Andalucía. En uno de sus asaltos se le une un nuevo miembro, "el Niño de Arahal". Ante el mal cariz que estaba tomando su vida y la gran persecución, decide irse a América acompañado de una amante que tenía, y tras varias intentonas, queda de acuerdo con esta mujer para encontrarse en Valencia. Irían él mismo y el Niño de Arahal. Durante el camino por las sierras, no deja de cometer tropelías, pero ya está entre gente a la que no ha ayudado. Van atravesando toda Sierra Morena durante las noches, escondiéndose durante el día y al fin llegan a la Sierra de Alcaraz, en la provincia de Albacete. Un guarda forestal que antes había sido guardia civil los localizó y sospechó quienes eran aquellos dos hombres tan armados, denunciando su presencia. En Villaverde, la guardia civil se entera del lugar exacto en el que se encontraban. Allí les tendieron una emboscada, y mientras los dos bandidos almorzaban a base de huevos fritos, la emprendieron a tiros matándolos sin opción a defenderse, era el 31 de agosto de 1907 y tenía 28 años. De allí llevaron los cadáveres a Villaverde y después a Bienservida, terciados en sendas caballerías, por pertenecer el lugar a su término Municipal. Desde Bienservida fueron trasladados en un carro que condujo un adolescente (solo y sin ningún tipo de protección) a Alcaraz donde se expusieron los cuerpos sobre unas mesas.Están enterrados en el cementerio de Alcaraz y en su tumba nunca faltan flores. A pesar de ser un bandido sanguinario, para las gentes ignorantes de la época, "El Pernales" en lugar de robar y matar, se dedicaba a robar a los ricos para remediar a los pobres. Y de esta forma se creó la leyenda del bandido generoso, que con el paso del tiempo ha dado lugar incluso a ser cantado en romances.
Pinchando aquí, podeis ver el acta de fallecimiento

UNA ANTIQUISIMA LEYENDA DE DE MOROS Y CRISTIANOS SOBRE BIENSERVIDA Y CERRO-VICO

Publicada en:
El Globo. Diario Ilustrado político, científico y literario.
Madrid, 13 de julio de 1880. VARIEDADES
Leyenda

I.

Al S. De la provincia de Albacete, y en sus confines con la de Jaen, existe el pueblo de Bienservida, enclavado en una cuesta a las faldas de la Sierra del Padrón. A corta distancia de la parte S. del pueblo corre un arroyo que sirve de límite a aquellas provincias, así como a los términos de Bienservida y Villa-Rodrigo, pueblo el más septentrional de la provincia de Jaén.
Como a media legua de ambos pueblos descuella un cerro aislado, acerca del cual existe una interesante y poética tradición.
Refieren, en efecto, algunos ancianos de Bienservida que el famoso cerro no es obra de la naturaleza, sino que fue formado artificialmente por los habitantes de Villa-Rodrigo, en pena de cierto ultraje inferido por estos al bello sexo de Bienservida, en ocasión de hallarse todos sus varones mayores de quince años en la ciudad de Alcaráz, auxiliándola en la guerra que contra los infieles sostenía.

Y fue tal, según la fama, el arrojo y denuedo desplegado por aquellos en tan memorable jornada, que indignados los moros de su derrota, salieron de Villa-Rodrigo en hueste formidable, acaudillada por el alcalde Ven-Egas, cayendo como feroz avalancha, sobre Bienservida; y después de mancillar ominosamente el honor de cuantas mujeres hallaron, sin querer conservar a ninguna cautiva, mutiláronlas los pechos y las colgaron, en garfios de hierro, en la torre de la Atalaya del pueblo, abandonándolas allí entregadas a los más horribles sufrimientos, a la agonía más desesperada y al inexplicable dolor de contemplar sus hijos, encadenados junto a los cimientos de la torre, llorando de hambre los mas pequeños y de hambre y dolor los que ya poseían alcances suficientes a considerar la horrible situación de sus madres y hermanas.
Allí, y de tan cruel manera, perecieron cuantos habitantes contaba en aquella triste ocasión dentro de su recinto el pueblo de Bienservida.


II.
Mas de tres meses habían trascurrido cuando regresaron a su hogar aquellos bizarros defensores de la "muy noble, muy leal y muy heroica ciudad de Alcaráz, cabeza de Extremadura y llave de toda España" y no hay términos en el lenguaje humano con que expresar el espanto y el dolor vivísimo que se apoderó de aquel puñado de hombres ante el feroz espectáculo que a su vista ofrecían los despojos de sus idolatradas madres esposas é hijos. Un grito de rabia y de desesperación se escapó de sus pechos, y la sed de venganza abrazó de súbito sus corazones.
Cada cual improvisaba su plan de venganza: quien proponía lanzarse al punto sobre los bárbaros asesinos; quien para asegurar lejos la represalia, pedir auxilio al gobernador de Alcaraz; quien, impetrarle al rey, y todo era confusión, amenazas, juramentos, llanto y gemidos. Distinguíase, sin embargo, entre todos un jóven que parecía ajeno a la común tribulación. Después de haber reconocido con extraña atención y sangre fría aquellos preciosos restos humanos que atestiguaban la horrenda catastrofe, quedó algunos instantes apoyado en su pica, e indiferente, en apariencia a tanta desolación.
Sin embargo, su tez pálida como la muerte, sus ojos brillantes, pero con ese brillo siniestro y vidrioso de los ojos de la serpiente irritada, la rigidez de sus miembros y un ligero extremecimiento que conmovía todo su ser, acusaban una de esas crisis supremas de las que solo triunfa una naturaleza privilegiada. Rayaría su edad en los treinta años, y su estatura era regular; sus cejas anchas eran signo de un temperamento colérico; su frente despejada y de superficie desigual, a causa de las pequeñas protuberancias que en sus lados se advertían, denotaba un hombre dotado, a la vez que de talento, de una perseverancia poco comun.
Más de media hora había trascurrido desde que cayera en esta especie de abismamiento, cuando su pecho dió paso a un suspiro, que más bien parecía hondo sollozo, de sus ojos brotaron dos gruesas lágrimas que rodaron por sus mejillas hasta perderse en su negra y poblada barba, y todo indicaba que la crisis desaparecía y que aquel hombre recobraba el sentimiento por algun tiempo perdido.
Bien se advertía el prestigio y autoridad que entre sus compañeros gozaba al ver la atención que le prestaron todos cuando comprendieron que iba a dirigirles la palabra; y con efecto, restablecida la calma, después de las primeras expansiones del dolor, rodeáronle todos dispuestos a escucharle con el respeto con que escuchaban los apóstoles las palabras del Maestro:
"Compañeros míos, - les dijo: - no es posible demorar un instante el regreso a nuestro natural estado; el dolor que nos abruma es justo, pero consumir el tiempo en gemidos e imprecaciones, es indigno de hombres, y sobre todo de guerreros cristianos. Demos sepultura a los restos de tantos idolatrados seres; más cumplido este nuestro deber primero, procuremos sin tardanza ni reposo castigar el infame crimen cuyas huellas horribles contemplan nuestros ojos; y tal sea nuestro ensañamiento, que el castigo sea tan espantoso y cruel como fue el agravio."
Muestras de asentimiento hicieron coro a estas palabras, y todos los circunstantes convinieron en someterse a las órdenes del que había proferido aquellas. Su primera tarea fue recoger los tristes despojos que en una extensión considerable se hallaban aquí y allá esparcidos, mientras la luz moribunda de la tarde alumbraba aquella fúnebre y conmovedora escena.
Toda la noche permanecieron velando aquellos restos queridos y orando por las almas que los animaron, y no bien asomó por el horizonte la aurora del nuevo día, dieron a aquellos sepultura en las inmediaciones del pueblo, confiriendo a aquel sitio el nombre de "Los Santos", nombre que se transformó después en el de "El Santo" que hoy conserva.
Mientras esto ocurría, habían acudido muchas gentes de los pueblos comarcanos, y a la vista de tanta desolación y tanta infamia, ardieron también en deseos de venganza; pero todos esperaban a que el joven cuyo bosquejo hemos intentado, y cuyo nombre era Juan Turruche, tomase la iniciativa.
No se hizo esperar. Al rayar el alba del siguiente día, el eco agudo de una bocina rasgó los aires, y a este toque acudieron todos armados a la plaza del pueblo, donde nuestro protagonista les aguardaba; en su enérgica fisonomía rebosaba un júbilo feroz; su expresión debía asemejarse a la del tigre hambriento que apercibe y cree asegurada la presa que persigue; las ligeras contracciones de su semblante daban a entender que alguna duda atormentadora, tan pronto concebida como desechada, cruzaba su mente.
Luego que se hallaron aquellos reunidos, citóles para el toque de ánimas en el mismo sitio, recomendándoles llevasen consigo cuantas cuerdas y cadenas hallaran a mano, y asegurándoles, en fin, que la hora de la venganza estaba tan próxima, que el sol del día inmediato había de alumbrarla.

III.
En este punto, pasa la crónica por encima de ciertos pormenores, pero se dice que al día siguiente a la noche de que antes hablamos, los cristianos se lanzaron sobre Villa-Rodrigo, atando y aherrojando a cuantos moros hallaron, sin distinción de sexos, edades ni condiciones, y condenándoles a construir el gran sepulcro donde habían de descansar los restos de sus víctimas.
Ignórase cuantos años emplearon en este trabajo, pero ello es que, al fin y al cabo levantaron con tierra y piedra el enorme cerro que la acción del tiempo convirtió en un verdadero cono de dimensiones colosales.

Concluido tan colosal sepulcro, los de Bienservida trasladaron a él los restos de sus amados parientes sobre los hombros de sus infames asesinos, los depositaron en el centro del cerro, encerraron en él a todos los cautivos cargados de cadenas, entregaron al moro Ven-Egas una gran barra de hierro, y le dejaron a la vista de los suyos, que le colmaban de maldiciones y amenazas.
Los cristianos habían facultado a Juan Turruche ampliamente para disponer el terrible plan de venganza. Tras grandes meditaciones, halló aquel por fin la clave del asunto. La clave era su amigo Daniel, célebre judío, encantador y brujo, quien si hubiéramos de seguir las ligeras apreciaciones del vulgo que solo vé los efectos, pero que desconoce las causas, aseguraríamos que "su nariz prolongada y aguda, sus ojos hundidos, como huyendo la luz de otros ojos que adivinan por ellos el negro fondo de su alma; su boca reprimida, sus labios delgados y faltos de color y su barba escasa, formaban el verdadero tipo de esa raza en la que no preside otro sentimiento que el de la avaricia ni otro móvil que la insaciable sed de acumular tesoros, cualesquiera que sean los medios que haya que emplear: tesoros que lejos de endulzar la vida de algún semejante, sirven para acibararla, porque la limosna suya es una sonrisa de burla al mendigo que implora su caridad". Errónea creencia que no podemos rebatir aquí.
El judío, accediendo a las súplicas del caudillo cristiano, y más que a las súplicas a una fuerte cantidad de oro que le fue entregada, hizo un encantamiento, por cuya mágica virtud, el moro Ven-Egas y los que le acompañaban fuesen inmortales y permaneciesen en el seno del cerro Vico hasta que lograran taladrarle. Y luchando entre tanto con el dolor de estar envueltos en las sombras de eterna noche, con sus víctimas siempre delante y con el recuerdo de los lamentos que estas exhalaron en la hora del sacrificio siempre resonando en sus oídos, y más aún, en su alma, con el eco fatídico y a nada comparable del remordimiento.
El encanto se hizo y los moros quedaron sepultados en las entrañas del Cerro Vico, condenados a trabajar hasta que logren perforar su superficie.
Los cristianos de Bienservida atribuyeron a la protección de la Virgen el buen éxito de los planes de Turruche, en memoria de cuyo apellido dieron a aquella el título de Virgen del Turruchel, con el cual es hoy venerada.
Mas como, aunque el delito sea grande la venganza no es permitida, en castigo de haber trocado en aquella el que los moros merecían, y para eterna memoria de tan inaudita tragedia, dícese que la Virgen de Turruchel condenó a Juan Turruche a que en lo sucesivo se llamara Juan Cuerda.
Desde la fecha de tan extrema y cruel venganza, al llegar la noche de cada día 8 de Setiembre, escúchanse por la parte Sur del Cerro Vico, grandes lamentos y horribles blasfemias, y asegúrase que desde las doce de la noche hasta el amanecer de dicho día, nadie puede transitar por aquel sitio, sin ser agarrado por el moro Ven-Egas y metido en el cerro encantado; sobre todo si son doncellas las que pasan, a las cuales, a pesar de muchos años, no ha perdido aun la afición el insigne alcalde de Villa-Rodrigo.
Bienservida se llamaba la poblacion tan cumplidamente vengada, porque a servirla concurrieron el cielo y el infierno".


IV.
Tal fue, poco mas ó menos, lo que acerca del misterioso cerro me refirió una anciana de Bienservida, muerta hace cuatro o cinco años. Era tenida en olor de bruja, y ella misma se preciaba de entender algo de hechizos y encantamientos, si bien no tanto como sus antepasados, por haber muerto su madre antes de haberla podido iniciar en los más importantes secretos de la nigromancia; ciencia que, desde el judío encantador de Ven-Egas, se venía transmitiendo de padres a hijos, hasta llegar a mi buena cronista, último vástago de aquella encantadora familia.

Federico Ortega de la Parra
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Esta leyenda se ha perdido, la publico aquí para recuperarla. Ya era apenas conocida en 1880 por los más ancianos del pueblo y está recogida en forma poética por el autor indicado.